Los mejores cuentos de Jack London
Los mejores cuentos de Jack London Centenares de estas aeronaves huyeron a Hawái, y no solo aportaron con ellos la peste, sino que la hallaron allí, habiéndoles tomado la delantera. Esto lo supimos por las noticias, hasta que desapareció toda organización en San Francisco, y ya no quedaron telegrafistas en sus puestos para mandar y recibir partes. Era asombrosa esta pérdida de comunicaciones con el mundo. Era igual que si hubiese dejado de existir o hubiese sido borrado. Hace sesenta años que aquel mundo cesó para mí. Bien sé que debe haber lugares como Nueva York, Europa, Asia y África; pero nada he vuelto a saber de ellos. Con la aparición de la peste escarlata la gente quedó aislada irremisiblemente. Tantos siglos de cultura y civilización desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos y «se desvanecieron como la espuma».
Os he contado cómo eran las aeronaves de los ricos, que llevaban consigo la epidemia y morían dondequiera que huyesen. De estos hombres no encontré más que un solo superviviente, Mungerson, que más tarde fue un Santa Rosan y se casó con mi hija mayor. Entró a formar parte de la tribu ocho años después de la peste. Tenía entonces diecinueve años, y tuvo que esperar doce más para poder casarse. Como no había mujeres solteras y algunas de las hijas mayores de los Santa Rosan ya estaban prometidas, tuvo que aguardar a que mi Mary cumpliese dieciséis años. Gimp-Leg, el que mató el león de la montaña el año pasado, era hijo suyo.