Martin Eden
Martin Eden Martin volvió a su artículo de los pescadores de perlas, que habría acabado mucho antes de no haberlo interrumpido tantas veces para intentar escribir poesía. Sus poemas eran poemas de amor, inspirados en Ruth, pero siempre quedaban inconclusos. No se podía aprender en un día a componer nobles versos. La rima, la métrica y la estructura eran de por sí bastante complicadas, pero había, sobre todo, un algo intangible y huidizo que él captaba en la auténtica poesía, y que era incapaz de plasmar en sus versos. Se trataba del espíritu esquivo de la poesía, que él percibía y codiciaba, pero no podía capturar. Le parecía un resplandor, una cálida estela siempre fuera de su alcance, aunque a veces se viera recompensado recogiendo sus jirones y confeccionando con ellos unas frases que resonaban en su cerebro con notas evocadoras o que flotaban ante él como ráfagas neblinosas de belleza desconocida. Era desconcertante. Le corroía el deseo de expresarse y sólo podía balbucear de manera prosaica, como todo el mundo. Leía sus estrofas en voz alta. La medida de los versos era perfecta y la rima marcaba un ritmo largo e igualmente impecable, pero faltaba en ellos la luminosidad y la exaltación que sentía. No podía entenderlo, y una y otra vez, presa de la desesperación, abatido y derrotado, volvía a su artículo. Sin duda la prosa era un género literario más sencillo.
