Martin Eden
Martin Eden Un atardecer en que estaba luchando con un soneto que desfiguraba la belleza y los sentimientos que bullían en su cerebro, Martin recibió una llamada telefónica.
—Es la voz de una dama, de una dama elegante —se burló el señor Higginbotham al avisarle.
Martin se dirigió al teléfono, en un rincón del almacén, y sintió una oleada de calor al escuchar a Ruth. Absorto en su soneto, había olvidado que existía y, ante el sonido de su voz, su amor por ella le golpeó con violencia. ¡Aquella voz! Dulce y delicada como una suave melodía en la distancia o, mejor, como una campanilla de plata, armoniosa, cristalina. Ninguna mujer tenía una voz así. Había algo celestial en ella, y llegaba de otro mundo. El joven estaba tan extasiado que apenas oyó lo que decía, aunque controló su rostro, pues sabía que el señor Higginbotham no le quitaba los ojos de encima.
Ruth sólo quería decirle que Norman pensaba llevarla aquella noche a una conferencia, pero le dolía la cabeza; y estaba contrariada, y tenía las entradas… y, si él estaba libre de compromiso, ¿sería tan amable de acompañarla?
