Martin Eden
Martin Eden —He librado la primera batalla —exclamó Martin delante del espejo, diez dÃas después—. Pero habrá una segunda, y una tercera, y muchas más hasta el fin de mis dÃas, a menos que…
Antes de terminar la frase, recorrió con la mirada el modesto dormitorio y dejó que ésta se posara tristemente en un montón de manuscritos rechazados, todavÃa dentro de sus sobres, en un rincón del suelo. No tenÃa sellos para que continuaran sus viajes, y llevaban una semana allà apilados. LlegarÃan más al dÃa siguiente, y al otro, y al otro, hasta que le devolvieran todos. Y no podrÃa enviarlos otra vez. DebÃa un mes de alquiler de la máquina de escribir, y no tenÃa dinero para pagarlo, pues apenas le quedaba para una semana de alojamiento y para la cuota de la oficina de empleo.
Se sentó y miró la mesa pensativo. TenÃa manchas de tinta, y de pronto comprendió cuánto se habÃa encariñado con ella.
—Mi vieja y querida mesa —dijo—. He pasado horas muy felices contigo, y siempre has sido una buena amiga. Nunca me diste la espalda, nunca me premiaste con una nota inmerecida de rechazo, nunca te quejaste por trabajar demasiado.
