Martin Eden
Martin Eden Entrar en el comedor fue una pesadilla para él. Entre paradas y traspiés, sacudidas y bandazos, creyó que jamás conseguiría llegar hasta la mesa. Pero al fin lo logró, y le indicaron que se sentara al lado de Ella. El despliegue de cuchillos y tenedores le aterrorizó. Parecían erizados de peligros desconocidos, y el joven los miró, fascinado, hasta que su brillo se convirtió en el fondo de una sucesión de imágenes en un castillo de proa, donde él y otros marineros comían carne en salazón con sus navajas y sus dedos, o sacaban la sopa de guisantes de las escudillas con sus cucharas de hierro. Podía oler el hedor de la carne podrida, mientras resonaba en sus oídos, además del crujido de cuadernas y mamparos, el ruido de sus compañeros al masticar. Observó el modo en que comían y decidió que parecían cerdos. Bueno, él tendría cuidado en aquella casa. No haría el menor ruido. En ningún momento se descuidaría.
