Martin Eden
Martin Eden El lunes por la mañana Joe se quejó al ver la primera carretilla de ropa para la lavadora.
—Oye, Martin… —empezó a decir.
—Ni se te ocurra hablarme —gruñó su compañero.
»Lo siento mucho, Joe —se disculpó a mediodÃa, cuando salieron para comer.
Los ojos de su compañero se llenaron de lágrimas.
—No pasa nada, amigo —respondió—. Estamos en el infierno, y es imposible no perder el control. Y, ¿sabes una cosa?, me caes muy bien. Por eso me ha dolido tanto. Me encariñé contigo desde el principio.
Martin estrechó su mano.
—Larguémonos de aquà —sugirió Joe—. Lo dejamos todo y nos vamos de vagabundos. Nunca lo he probado, pero seguro que es facilÃsimo. Y no tendremos nada que hacer. Piensa en eso, ¡no tener nada que hacer! Una vez estuve en el hospital, con fiebres tifoideas, y fue maravilloso. Ojalá volviera a ponerme enfermo.
