Martin Eden
Martin Eden La señora Morse no tuvo que recurrir a su intuición de madre para leer lo sucedido en el rostro de Ruth cuando regresó a casa. El rubor que se negaba a abandonar sus mejillas delataba lo ocurrido, y los ojos, grandes y brillantes, resultaban aún más elocuentes y reflejaban su desbordante alegrÃa.
—¿Qué ha sucedido? —inquirió la señora Morse, que prefirió esperar a que su hija se acostara.
—¿Lo has adivinado? —preguntó Ruth con labios temblorosos.
La respuesta de su madre fue rodearla con el brazo y acariciarle dulcemente el pelo.
—Martin no dijo nada —exclamó la joven—. Yo no querÃa que sucediera, y jamás le habrÃa dejado hablar… pero no dijo nada.
—Pero, si no dijo nada, no ha pasado nada, ¿verdad?
—SÃ, sà ha pasado, de todas maneras.
—¡Por el amor de Dios, hija mÃa! ¿Qué murmuras? —la señora Morse estaba desconcertada—. Creo que no sé lo que ha pasado, después de todo. ¿Te importarÃa contármelo?
Ruth miró a su madre sorprendida.
—Pensé que lo sabÃas. Verás, Martin y yo estamos comprometidos.
La señora Morse se rió incrédula y enojada.
