Martin Eden
Martin Eden Pasaron las semanas. Martin se quedó sin dinero, y los cheques de los editores seguÃan brillando por su ausencia. Le habÃan rechazado todos los originales importantes y él habÃa vuelto a enviarlos, y sus trabajos periodÃsticos no corrÃan mejor suerte. Su pequeña cocina ya no se veÃa bendecida con diferentes comidas. Se quedó sin un centavo con medio saco de arroz y unas pocas libras de albaricoques secos, y pasó cinco dÃas seguidos comiendo arroz y albaricoques tres veces al dÃa. Entonces empezó a comprar al fiado. El tendero portugués, al que hasta entonces siempre habÃa pagado en efectivo, le quitó el crédito cuando alcanzó la alarmante suma de tres dólares y ochenta y cinco centavos.
—Verá —dijo el tendero—, si usted no consigue trabajo yo pierdo dinero.
Y Martin no supo qué contestarle. No habÃa explicación posible. Dar crédito a un joven fuerte y sano de clase obrera demasiado vago para trabajar no era un buen principio comercial.
—Usted consiga un empleo y yo le seguiré fiando —aseguró el tendero a Martin—. Sin empleo, no hay crédito. Asà están las cosas —y para dejar claro que era simplemente cuestión de negocios y no de prejuicios, añadió—: Beba algo, invita la casa… nosotros, tan amigos.
