Martin Eden

Martin Eden

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Siguió trabajando de firme, con el ánimo por los suelos y casi sin esperanzas. Empezó a pensar que había perdido la segunda batalla y tenía que buscar un empleo. Eso complacería a todo el mundo: al tendero, a su hermana, a Ruth, e incluso a Maria, a quien debía el hospedaje de un mes. Tampoco había pagado los dos últimos meses de la máquina de escribir, y la agencia le reclamaba su devolución o el dinero. A la desesperada, dispuesto a cualquier cosa menos a rendirse, firmó una tregua con el destino hasta que pudiera empezar de nuevo y se presentó a una oposición para entrar en el cuerpo de correos ferroviario. Para su sorpresa, aprobó con el número uno. La plaza estaba asegurada, aunque nadie sabía cuándo le llamarían para incorporarse al servicio.

Fue entonces, en el momento en que tocaba fondo, cuando la infalible máquina editorial se estropeó. Debió de romperse alguna pieza del engranaje o quedarse sin aceite, pues una mañana el cartero le trajo un pequeño y delgado sobre. Martin miró la esquina superior izquierda y leyó el nombre y la dirección de la Transcontinental Monthly. Le dio un vuelco el corazón y creyó que iba a desmayarse, y su sensación de debilidad se vio acompañada de un extraño temblor en las rodillas. Regresó tambaleándose a su habitación y se sentó en la cama, con el sobre todavía cerrado, y en esos instantes comprendió por qué algunas personas mueren repentinamente al recibir una magnífica noticia.


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