Martin Eden
Martin Eden Con la llegada de la dulce primavera californiana, terminó su período de abundancia. Durante semanas le había inquietado el extraño silencio de la agencia que compraba sus cuentos cortos. Entonces, un día, le devolvieron por correo diez de sus impecables composiciones mecánicas. Iban acompañadas de una breve carta donde se le comunicaba que la agencia tenía demasiado material y tardaría algunos meses en necesitar más. Martin se había excedido en sus gastos confiando en aquellos diez cuentecillos. Hasta entonces, la agencia le había pagado cinco dólares por cada uno y había aceptado cuanto le mandaba. Así que había vivido contando con esos cincuenta dólares. Por ese motivo, entró bruscamente en un período de pobreza, en el que siguió vendiendo sus primeros trabajos a publicaciones que no pagaban y enviando sus últimos escritos a revistas que no los compraban. Reanudó también sus excursiones a la casa de empeños de Oakland. Unos cuantos chistes y versos satíricos, vendidos a los semanarios neoyorquinos, le permitieron sobrevivir. Fue entonces cuando escribió a las grandes revistas mensuales y trimestrales; y éstas le respondieron que casi nunca tenían en cuenta las colaboraciones no solicitadas, y que la mayoría de lo que publicaban salía de la pluma de conocidos especialistas, autoridades en sus respectivos campos.