Martin Eden

Martin Eden

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Aunque las odiaba, las historias fabricadas de un modo mecánico fueron un éxito. Gracias a ellas, desempeñó todas sus pertenencias, pagó casi todas sus facturas y compró unos neumáticos nuevos para su bicicleta. Los cuentos cortos, al menos, le permitían tener algo que llevarse a la boca y le dejaban tiempo para otros trabajos más ambiciosos; y lo único que mantenía viva su esperanza eran los cuarenta dólares que había recibido de The White Mouse. Se aferró a eso, convencido de que las revistas de primera fila pagarían a un escritor desconocido una tarifa igual, o incluso superior. El problema era cómo llegar a esas publicaciones. Sus mejores relatos, ensayos y poemas iban mendigando de una redacción a otra, y, sin embargo, todos los meses leía en ellas un montón de artículos aburridos, prosaicos y nada artísticos.

«¡Si al menos un editor bajara de su orgulloso pedestal y me enviase una línea de aliento! —pensaba a veces—. Lo mismo da si mi trabajo es peculiar, lo mismo da si resulta inadecuado y no es prudente publicarlo en sus páginas; seguro que hay alguna chispa de ingenio en él, en alguna parte, que pueda empujarles a mostrar algún tipo de reconocimiento».

Y entonces cogía uno de sus escritos, por ejemplo «Aventura», y lo leía una y otra vez tratando inútilmente de justificar el silencio del editor.


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