Martin Eden
Martin Eden —No, eso es diferente. Los redactaba de forma mecánica después de pasar el dÃa cuidando el estilo. Pero el trabajo de periodista exige escribir siempre asÃ, de la mañana a la noche. Y es una vida vertiginosa, la vida del momento, sin pasado ni futuro, sin pensar en otro estilo que no sea el periodÃstico, que, desde luego, no es literatura. Hacerme periodista ahora que mi estilo empieza a cobrar forma, a cristalizar, serÃa suicidarme literariamente. En cualquier caso, cada cuento corto, cada palabra de cada cuento corto, era una traición a mà mismo, una humillación, y una profanación de la belleza. Era algo nauseabundo. Me convertÃa en un pecador. Y, en mi fuero interno, me alegré cuando me dijeron que no enviase más, aunque eso significara tener que empeñar mi ropa. Pero ¡la dicha de escribir el Ciclo del amor! ¡El gozo de la creación en su forma más noble! Eso compensa cualquier cosa.
Martin no sabÃa que Ruth era incapaz de comprender «el gozo de la creación». Ella empleaba esas palabras… él las habÃa oÃdo por primera vez en sus labios. Ruth habÃa leÃdo sobre ello, lo habÃa estudiado en la universidad antes de licenciarse en FilosofÃa y Letras; pero no era una persona original ni creativa, y sus opiniones sobre la cultura no eran más que ecos de otros ecos.