Martin Eden
Martin Eden —Creo que tus sonetos son hermosos, muy hermosos —exclamó—; pero no consigues venderlos. Ya sabes lo que te digo —añadió en tono de súplica—. Escribir no te está llevando a ningún lado. Hay algo… quizá sea el mercado… que te impide ganarte la vida de ese modo. Y por favor, querido, no me interpretes mal. Me siento halagada, estoy orgullosa —no serÃa una auténtica mujer si no fuera as× de que me dediques estos poemas. Pero no nos permiten casarnos. ¿No te das cuenta, Martin? No creas que me preocupa el dinero. Me preocupa el amor, el futuro que nos aguarda. Ha pasado un año desde que nos dijimos que nos amábamos, y el dÃa de nuestra boda sigue igual de alejado. No pienses que peco de atrevimiento al hablar asà de nuestra boda, pues todo mi corazón, todo lo que soy está en juego. Ya que deseas tanto escribir, ¿por qué no intentas trabajar en un periódico? ¿Por qué no te conviertes en reportero? Al menos por algún tiempo…
—EcharÃa a perder mi estilo —respondió él en voz baja y monocorde—. No sabes cuánto me he esforzado para mejorarlo.
—Pero esos cuentos cortos —señaló ella—, los que llamas trabajos secundarios. Has escrito muchos. ¿No han echado a perder tu estilo?