Martin Eden
Martin Eden Y caminaba tambaleándose como un borracho, repitiendo exaltadamente y en voz alta:
—¡Dios! ¡Dios!
Un policía apostado en una esquina le observó con recelo, después reparó en su paso bamboleante de marinero.
—¿Dónde ha cogido esa melopea? —le preguntó.
Martin Eden volvió a la realidad. Su organismo era muy dúctil, se amoldaba fácilmente, era capaz de fluir y llenar toda clase de recovecos. Cuando oyó el grito del policía, se hizo cargo de la situación y volvió a ser el de siempre.
—No pasa nada —contestó riendo—. Hablaba en voz alta sin darme cuenta.
—Dentro de poco empezará a cantar —diagnosticó el policía.
—Qué va… Si me da fuego, volveré a casa en el próximo tranvía.
Martin encendió el cigarrillo, le dio las buenas noches y continuó su camino.
—¡Tiene gracia! —exclamó en voz baja, sonriendo—. Ese poli ha creído que estaba borracho. Supongo que tenía razón —pensó—; pero nunca creí que el rostro de una mujer pudiera tener ese efecto.