Martin Eden

Martin Eden

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E inmediatamente latió en él la ambición de aferrarse a esa vida eterna. No era digno ni de llevarle agua, lo sabía; era un milagro, un increíble golpe de suerte, haber podido verla y hablar con ella esa noche. Había sido fortuito. No tenía el menor mérito. No era algo que hubiera conseguido él. Su estado de ánimo era esencialmente religioso. Humilde y sumiso, se despreciaba a sí mismo. Tenía esa disposición de ánimo que empuja a los pecadores a arrepentirse. Era un pecador. Pero, del mismo modo que los mansos y los humildes vislumbran su futura existencia celestial al arrepentirse, él vislumbró lo que ganaría al conquistar a la joven. Pero era una conquista vaga y nebulosa, completamente diferente a las que había conocido hasta entonces. La ambición remontó el vuelo con frenéticas alas, y se vio escalando a las alturas con la joven, compartiendo sus pensamientos, disfrutando juntos de las cosas nobles y hermosas. Soñaba con una conquista incorpórea, libre de cualquier impureza, con una camaradería espiritual que era incapaz de definir en su imaginación. No es que lo pensara. En aquel asunto, tenía la mente en blanco. Las sensaciones usurpaban el lugar de la razón, y se estremecía y temblaba embargado por unas emociones que desconocía, navegando deliciosamente a la deriva por un mar de sensibilidad donde el sentimiento se exaltaba y espiritualizaba, empujado más allá de las cúspides de la vida.


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