Martin Eden

Martin Eden

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Por fin había encontrado a la mujer… una mujer en la que no había pensado mucho, pues las mujeres no solían ocupar su imaginación, pero a la que, muy vagamente, siempre había esperado conocer. Se había sentado a su lado en la mesa. Había estrechado su mano, había mirado sus ojos y había percibido la existencia de un alma maravillosa; aunque no más maravillosa que los ojos en que se reflejaba o la carne que le daba forma y expresión. Pensaba en la belleza de ella como algo espiritual, y eso era nuevo, pues las mujeres que había conocido antes no habían sido más que cuerpos para él. Pero aquella joven era diferente. Se sentía incapaz de imaginar su cuerpo como tal, sujeto a las enfermedades y flaquezas de la carne. Su cuerpo era algo más que el exterior de su alma. Era una emanación de su espíritu, una cristalización pura y refinada de su esencia divina. Aquella percepción de lo divino le sobresaltó. Pareció devolverle bruscamente a la realidad. Jamás había llegado hasta él ninguna palabra, ningún indicio, ninguna señal de lo divino. Nunca había creído en lo divino. Siempre había sido irreligioso, y se había burlado sin maldad de los ministros del cielo y de la inmortalidad del alma. Estaba convencido de que no existía el más allá; sólo el aquí y el ahora, después la oscuridad eterna. Pero lo que había visto en los ojos de ella era un alma… un alma inmortal que jamás podría morir. Nunca había conocido a nadie que le transmitiera aquel mensaje de inmortalidad. Pero ella lo había hecho. Ella se lo había susurrado al mirarle por primera vez. Y, mientras iba andando por la calle, el rostro de la joven resplandecía ante él: pálido y serio, dulce y sensible, sonriendo con una compasión y una ternura que sólo un espíritu podía tener, y con una pureza que jamás había soñado que existiera. Su pureza le dejó aturdido. Le asustó. Había conocido lo bueno y lo malo, pero jamás se le había ocurrido pensar en la pureza como atributo de la existencia. Y ahora, en aquella joven, la pureza le parecía el colmo de la bondad y la inocencia, la suma de lo que constituía la vida eterna.


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