Martin Eden
Martin Eden Cuando el tranvía atravesaba la zona de edificios dispersos que separaban Oakland de Berkeley, Martin Eden buscó con la mirada una vivienda familiar de dos pisos, en cuya fachada habían escrito orgullosamente: ALMACÉN AL CONTADO HIGGINBOTHAM. Se apeó en aquella esquina. Miró unos instantes el letrero. Podía leer entre líneas. Una personalidad mezquina, egoísta y estrecha de miras parecía emanar de aquellas letras. Bernard Higginbotham se había casado con su hermana, y le conocía bien. Abrió la puerta con una llave y subió al segundo piso. Allí vivía su cuñado. El almacén de comestibles estaba abajo. Olía a verduras en mal estado. Cuando cruzaba a tientas el vestíbulo, tropezó con un carrito de juguete, abandonado por alguno de sus numerosos sobrinos o sobrinas, que fue a chocar ruidosamente con la puerta.
«¡Qué miserable! —pensó—. ¿Cómo va a gastarse dos céntimos en gas para que sus huéspedes no se rompan la crisma?».