Martin Eden
Martin Eden Al día siguiente por la tarde, Maria recibió emocionada al segundo visitante de Martin. Pero esta vez no perdió la cabeza, pues sentó a Brissenden en la grandiosa respetabilidad de su salón.
—Espero que no le moleste mi visita —empezó a decir Brissenden.
—No, no, en absoluto —respondió Martin, estrechándole la mano y señalando la única silla, mientras él tomaba asiento en la cama—. Pero ¿cómo se ha enterado de mi dirección?
—Llamé a casa de los Morse. La señorita Morse cogió el teléfono. Y aquí estoy —sacó un delgado volumen del bolsillo del abrigo y lo lanzó sobre la mesa—. Le he traído un libro de poesía. Léalo y quédese con él —y, para acallar las protestas de Martin, añadió—: ¿para qué me sirven los libros? He tenido otra hemorragia esta mañana. ¿Tiene un poco de whisky? No, claro que no. Espere un momento.
Salió de la casa. Martin contempló su figura delgada bajando los escalones y, cuando se volvió para cerrar la verja, observó con pesar los hombros, sin duda anchos en el pasado, encogidos sobre un pecho en ruinas. Martin cogió dos vasos, y empezó a leer el libro de poesía, la última recopilación de Henry Vaughn Marlow.
—Nada de whisky escocés —anunció Brissenden a su vuelta—. El muy necio sólo vende whisky americano. Pero aquí tenemos un cuarto de galón.
