Martin Eden
Martin Eden Martin estaba perdiendo poco a poco la batalla. Por mucho que economizara, lo que ganaba con los trabajos periodísticos no cubría sus gastos. El Día de Acción de Gracias le sorprendió con el traje negro empeñado, incapaz de aceptar la invitación de los Morse a cenar. A Ruth le disgustó el motivo de su ausencia, y Martin se sintió desesperado. Al final le dijo que iría, después de todo; que cruzaría a San Francisco, a las oficinas de la Transcontinental, recogería los cinco dólares que le debían y recuperaría su traje.
Por la mañana pidió a Maria un préstamo de diez centavos. Habría preferido que se los dejara Brissenden, pero aquel personaje imprevisible había desaparecido. Martin llevaba dos semanas sin verlo, y se devanaba inútilmente los sesos pensando en algo que hubiera podido ofenderle. Los diez centavos le permitieron coger el transbordador a San Francisco y, mientras subía por Market Street, pensaba que se vería en un aprieto si no lograba cobrar el dinero. No podría volver a Oakland, y no conocía a nadie en San Francisco que pudiera prestarle otros diez dólares.
La puerta de la Transcontinental estaba entornada y, cuando Martin se disponía a abrirla, oyó una fuerte voz en el interior:
