Martin Eden
Martin Eden —Ven… te mostraré la «escoria» de la sociedad —dijo Brissenden una tarde de enero.
HabÃan cenado juntos en San Francisco, y esperaban el transbordador para volver a Oakland cuando le asaltó el deseo de enseñar a Martin la verdadera «escoria». Se dio la vuelta y echó a correr por el muelle, una delgada sombra con un abrigo ondulante, mientras Martin se esforzaba por alcanzarle. En un almacén de vinos y licores compró dos garrafas de un oporto añejo y, con una en cada mano, subió al tranvÃa de Mission Street, con Martin pisándole los talones cargado con varias botellas de whisky.
«Si Ruth pudiera verme ahora…», pensaba, tratando de adivinar en qué consistirÃa la verdadera escoria.
—Tal vez no haya nadie —dijo Brissenden cuando se apearon y, girando a la derecha, se adentraron en el corazón del barrio obrero, al sur de Market Street—. Si es asÃ, te perderás algo que llevas buscando mucho tiempo.
—Y ¿qué demonios es? —preguntó Martin.
—Hombres, hombres inteligentes, y no las nulidades con que te encontré en aquella guarida de comerciantes. Tú has leÃdo libros y te encuentras solo. Esta noche te presentaré a otros hombres que han leÃdo libros, de ese modo no volverás a sentirte solo.
