Martin Eden
Martin Eden Era un domingo por la noche, y encontraron la pequeña sala abarrotada de socialistas de Oakland, sobre todo miembros de la clase trabajadora. El orador, un judío inteligente, se ganó la admiración de Martin al tiempo que suscitaba su antagonismo. Sus hombros estrechos, su espalda encorvada y su pecho hundido ponían de manifiesto que era un verdadero hijo del gueto obrero, y Martin se inclinaba ante los siglos de lucha de los débiles e infortunados esclavos contra el arrogante puñado de hombres que les habían gobernado y seguirían haciéndolo hasta el fin de los tiempos. Para Martin aquella endeble criatura era un símbolo. Su imagen representaba la humilde masa de débiles e incapaces que perecían conforme a las leyes biológicas en los accidentados confines de la vida. Eran los incapaces. A pesar de su sagaz filosofía y de su predisposición de hormigas a cooperar, la Naturaleza los repudiaba ante el hombre superior. De las semillas de vida que arrojaban sus prolíficas manos sólo seleccionaba lo mejor. Y era el mismo método que utilizaban los hombres, siguiendo su ejemplo, para criar caballos de carreras o cultivar pepinos. Sin duda el creador de un Cosmos podría haber ideado un procedimiento mejor; pero las criaturas de ese Cosmos debían amoldarse al que tenían. Desde luego, podían retorcerse de dolor mientras agonizaban, como se retorcían los socialistas y estaban retorciéndose ahora el orador subido al estrado y la multitud sudorosa, tratando de encontrar juntos alguna estratagema que minimizara las penalidades de la vida y se burlara del Cosmos.