Martin Eden
Martin Eden —No hablemos de eso —exclamó Lizzie.
—Eres una mujer excepcional —dijo él—. Y soy yo quien tendrÃa que estar orgulloso de conocerte. Y lo estoy, lo estoy. Para mÃ, eres un rayo de luz en medio de la oscuridad, y tengo que ser tan sincero contigo como tú lo has sido conmigo.
—Me da lo mismo que seas sincero o no. Puedes hacer lo que quieras conmigo. Puedes arrojarme al suelo y pisotearme. Y eres el único hombre en el mundo que puede hacerlo —añadió con expresión desafiante—. No he cuidado en balde de mà misma desde que era niña.
—Precisamente por eso no voy a hacerlo —dijo él con dulzura—. Eres tan buena y generosa que me obligas a ser igual de desprendido. No me casaré y tampoco… puedo amarte fuera del matrimonio, aunque antes tuviera esa costumbre. Siento mucho haber venido hoy y haberte visto. Pero ya no tiene remedio, y jamás pensé que las cosas salieran asÃ.
»Pero escúchame bien, Lizzie. No sé cómo explicarte cuánto me gustas. Y no sólo me gustas. Te admiro y te respeto. Eres maravillosa, e increÃblemente buena. Pero ¿de qué sirven las palabras? Y, sin embargo, hay algo que me gustarÃa hacer. Has tenido una vida muy dura; déjame ayudarte —una luz brilló en los ojos de Lizzie, pero pronto se extinguió—. Estoy seguro de que pronto tendré dinero… mucho dinero.