Martin Eden

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Capítulo V

A la mañana siguiente, despertó de sus felices sueños para encontrar una atmósfera de vapores que olían a jabón y a ropa sucia, y en la que vibraba el ruido y el ajetreo de una vida de sacrificio. Al salir del dormitorio, oyó el chapoteo del agua, una exclamación de ira y un bofetón con el que su hermana desahogaba su irritación en uno de sus numerosos hijos. El alarido del niño le atravesó como un cuchillo. Era consciente de que todo, incluso el aire que respiraba, era repulsivo y mezquino. Cuán diferente, pensó, del ambiente de belleza y serenidad que reinaba en la casa donde vivía Ruth. Allí todo era espiritual. En casa de su cuñado todo era material, groseramente material.

—Ven aquí, Alfred —le dijo al niño que lloraba, metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, donde llevaba el dinero con la despreocupación que le caracterizaba.

Puso una moneda de veinticinco centavos en la mano del pequeño y le cogió en brazos para consolarle.

—Ahora ve a comprar unos caramelos, y no te olvides de dar alguno a tus hermanos. Asegúrate de comprar los que más duren.

Gertrude levantó su rostro enrojecido de la tina y le miró.

—Cinco centavos habrían sido suficientes —exclamó—. Es típico tuyo, no tienes ni idea del valor del dinero. El niño se pondrá malo con tanto caramelo.


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