Martin Eden
Martin Eden —Leà hace bastante tiempo en una revista «El tañido de las campanas» —dijo—. Era tan bueno como Poe. ¡Me pareció espléndido, espléndido!
«SÃ, y se cruzó conmigo dos veces en los meses siguientes y no me reconoció —estuvo a punto de decir Martin en voz alta—. Y las dos veces estaba hambriento y me dirigÃa a la casa de empeños. Y todo estaba escrito. No me reconoció entonces. ¿Por qué lo hace ahora?».
—El otro dÃa le dije a mi mujer —proseguÃa el anciano— que serÃa una buena idea invitarle a cenar algún dÃa. Y ella estuvo de acuerdo. SÃ, estuvo de acuerdo.
—¿A cenar? —repitió Martin con tanta brusquedad que pareció casi un gruñido.
—Pues sÃ, sÃ, a cenar… algo sencillo con nosotros, con su viejo inspector, ¿eh, granuja? —exclamó nervioso, dando un codazo a Martin con aire de complicidad.
Martin siguió andando perplejo. Se detuvo en la esquina y miró a uno y otro lado con gesto ausente.
—¡Vaya! —murmuró finalmente—. Parece que he asustado al pobre viejo.