Martin Eden
Martin Eden Los periódicos calcularon sus derechos de autor. De algún modo, las magníficas ofertas que le habían hecho algunas publicaciones se filtraron a la prensa, y los párrocos de Oakland empezaron a visitarle de lo más amistosos, mientras que su buzón se llenaba de cartas de pedigüeños profesionales. Pero lo peor de todo eran las mujeres. Sus fotografías se publicaron por doquier, y los periodistas explotaron su rostro fuerte y bronceado, sus cicatrices, sus anchos hombros, sus ojos claros y serenos, y sus mejillas un poco hundidas de asceta. Al leer esto último, recordaba el desenfreno de su juventud y sonreía. A menudo, veía cómo le miraban, juzgaban y escogían las mujeres que le presentaban. Se reía para sus adentros. Se acordaba de las advertencias de Brissenden y se reía de nuevo. Las mujeres nunca le destruirían, estaba seguro de eso. Había superado aquella etapa.
Un día en que acompañaba a Lizzie a la escuela nocturna, notó cómo se fijaba en él una hermosa y elegante mujer de la burguesía. Su mirada fue algo más prolongada, ligeramente más intensa de lo normal. Lizzie comprendió su significado, y su cuerpo se puso tenso. Martin adivinó el motivo, y explicó a la joven que se había acostumbrado a estas cosas y que, de todos modos, le traían sin cuidado.