Martin Eden
Martin Eden En cierto modo, había experimentado una revolución moral. La pulcritud y la pureza de Ruth le habían afectado profundamente, y tenía una necesidad apremiante de sentirse limpio. Debía serlo si pretendía ser digno de respirar el mismo aire que ella. Se lavaba los dientes y se frotaba las manos con un estropajo de cocina, hasta que descubrió un cepillo de uñas en el escaparate de una droguería y adivinó para qué servía. Mientras lo compraba, el dependiente echó una ojeada a sus manos y le sugirió que se llevara una lima, así que adquirió otro utensilio de aseo. Se tropezó con un libro sobre la higiene corporal, y se aficionó a los baños de agua fría por la mañana, ante el asombro de Jim y la perplejidad del señor Higginbotham, que no simpatizaba con aquellas ideas tan modernas y que dudó seriamente si cobrarle otro extra por el agua. Otro de sus adelantos fue la raya de los pantalones. Ahora que Martin era sensible a esos asuntos, empezó a notar la diferencia entre los pantalones abolsados en las rodillas de la clase obrera y la línea recta de la rodilla a los pies que llevaban los caballeros. Descubrió, asimismo, cuál era el motivo, e irrumpió en la cocina de su hermana en busca de una plancha y de una tabla de planchar. Al principio, sufrió algunos contratiempos: quemó completamente unos pantalones y se vio obligado a comprarse otros nuevos; un desembolso que acercó aún más el día en que tendría que embarcarse.