Y los he visto convertirse en muchas y extrañas clases de bestias cuando se reunían en sus lugares establecidos, los Templos de la Carroña, donde los cuernos crecían en cabezas que no tenían cuernos, y dientes en bocas que no poseían tales dientes, y las manos se transformaban en las garras de águilas o las pezuñas de perros que acechan en las regiones desiertas, locos y aullantes, ¡como esos mismos que ahora están llamando mi nombre fuera de esta habitación!
¡Me lamento, pero nadie me oye! ¡Estoy abrumado de horror! ¡No puedo ver! ¡Dioses, no rechacéis a vuestro sirviente!
Recordad la Espada del Observador. No la toquéis hasta que queráis que se marche, pues se marcharía ante el mínimo roce y os dejaría desprotegidos por el resto del Rito, y aunque el Círculo es un límite que nadie puede cruzar, no os encontraréis prepara
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dos para enfrentaros a las visiones increíbles que os saldrán y paso en el exterior.
Recordad también los sacrificios para el Observador. Han de ser constantes, ya que el Observador es de una Raza diferente y no le importa vuestra vida, sólo que obedece vuestras órdenes cuando se ha realizado el sacrificio.
Y si olvidáis el Signo Mayor seguro que ello os acarreará mucho dolor.