El alquimista y otros relatos
El alquimista y otros relatos En este momento, las ondas mentales cesaron bruscamente y los pálidos ojos del soñador —¿o debo decir el muerto?— comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio sumido en estupor, me acerqué al camastro y tomé su muñeca, pero la descubrà frÃa, rÃgida, sin pulso. Las fláccidas mejillas volvieron a palidecer, y los labios tensos se abrieron, descubriendo la repugnante dentadura podrida del degenerado Joe Slater. Me estremecÃ, pasé una manta sobre aquella cara espantosa y desperté al enfermero. Luego abandoné la celda y volvà en silencio a mi cuarto. Necesitaba imperiosa e inexplicablemente dormir un sueño cuyos sueños no debo recordar.