El color surgido del espacio
El color surgido del espacio Llego ahora a la parte crucial de mi aventura, la más difÃcil de relatar, puesto que ni siquiera estoy completamente seguro de que sea cierta. A veces siento la penosa convicción de que no fue un sueño ni una pesadilla, y es esa duda, precisamente —habida cuenta de las trascendentales consecuencias que implicarÃa mi experiencia, de ser efectivamente real—, la que me impulsa a escribir esta relación.
Mi hijo —que es un psicólogo competente, y que además ha estudiado el asunto a fondo y con cariño— podrá juzgar mejor que nadie lo que voy a decir.
PermÃtaseme, antes que nada, contar una serie de hechos que mis compañeros de expedición pueden corroborar. En la noche del 17 al 18 de julio, después de un dÃa ventoso, me retiré temprano, pero no pude dormirme. Poco después de las once, decidà salir a dar un paseo. Como de costumbre, impulsado por mi extraña desazón, enderecé mis pasos hacia el nordeste. Al abandonar el campamento me crucé con uno de nuestros mineros —un australiano llamado Tupper—, y nos saludamos.
