El terror en la literatura

El terror en la literatura

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Melmoth es la historia de un caballero irlandés quien, en el siglo XVII, obtuvo una vida preternaturalmente prolongada del Diablo a costa de su alma. Si él lograra convencer a alguien de quedarse con su trato y asumir su estado de existencia, podría salvarse; pero no consigue nunca materializarlo, sin importar el tesón con el que acecha a aquellos cuya desesperación los ha convertido en seres temerarios y desquiciados. El contexto de la historia es muy torpe; cuenta con largas y tediosas digresiones, narraciones dentro de narraciones, y elaborados ensamblajes y coincidencias; pero en varios puntos de las interminables divagaciones se percibe el pulso de un poder inexistente en ninguna obra anterior de esta clase: un lazo con la verdad esencial de la naturaleza humana, una compresión de las más profundas raíces del verdadero terror cósmico, y la intensidad de la implicada pasión por parte del autor que convierte en el libro en un genuino documento de la expresión estética del yo más que en un mero compuesto ingenioso de artificio. Ningún lector imparcial dudará que Melmoth representa un enorme paso en la evolución de la historia del terror. El miedo sale del reino de lo convencional y se eleva a una espantosa nube que se cierne sobre el mismo destino de la humanidad. Los escalofríos de Maturin, el trabajo de alguien capaz de estremecerse a sí mismo, son convincentes. Es legítimo que la señora Radcliffe y Lewis sean objeto de parodia, pero sería difícil encontrar una nota de falsedad en la febrilmente intensificada acción y en la alta tensión atmosférica del irlandés cuyas emociones menos sofisticadas y el peso del misticismo celta lo proveyeron del mejor equipamiento natural posible para su cometido. Sin duda alguna, Maturin es un hombre de verdadero talento, y así lo reconoció Balzac, quien comparaba Melmoth con Don Juan, de Molière, Fausto, de Goethe y Manfred, de Byron, y escribió una caprichosa pieza llamada «Melmoth reconciliado», en la cual el errabundo logra transferir su trato diabólico a un moroso parisino, quien a su vez se lo pasa a una sucesión de víctimas hasta que un alegre tahúr muere con él en su posesión y con su condena acaba la maldición. Scott, Rossetti, Thackeray y Baudelaire son los otros grandes escritores que admiraban sin reservas a Maturin, y es muy representativo el hecho de que Oscar Wilde, tras su caída en desgracia y posterior exilio, eligiera para sus últimos días en París el nombre de «Sebastian Melmoth».


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