El terror en la literatura

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Del mismo modo, esa era vio el ascenso de William Harrison Ainsworth, cuyas novelas románticas abundan en elementos sobrenaturales y macabros. El capitán Marryat, además de escribir relatos breves como «The Werewolf», hizo una memorable contribución con El buque fantasma (1839), basada en la leyenda del holandés errante, cuyo barco espectral y maldito navega eternamente en las proximidades del cabo de Buena Esperanza. Dickens también aparece con ocasionales fragmentos sobrenaturales como «El guardavías», una historia de advertencias fantasmales que conforma un patrón muy común y que está aderezada de una verosimilitud que la enlaza tanto con la inminente escuela psicológica como con la moribunda escuela gótica. En esa época florecía una oleada de interés por la charlatanería espiritual, los médiums, la teosofía hindú y temas afines de una forma muy similar a nuestros días; motivo por el cual el número de historias sobrenaturales con una base «psíquica» o pseudocientífica fue considerable. De un gran número de éstas fue responsable el prolífico y popular lord Edward Bulwer-Lytton; y a pesar de las grandes dosis de retórica grandilocuente y romanticismo hueco de sus obras, su éxito a la hora de construir cierta clase de peculiar encanto es innegable.




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