El terror en la literatura
El terror en la literatura El público para el que escribía Poe, a pesar de que era sumamente incapaz de valorar su arte, no estaba de ninguna de las maneras acostumbrado a los horrores sobre los que éste trataba. Norteamérica, aparte de haber heredado el habitual folclore oscuro europeo, tenía un fondo adicional de asociaciones sobrenaturales a las que recurrir; tanto es así, que las leyendas fantasmagóricas ya habían sido reconocidas como un fructífero tema para la literatura. Charles Brockden Brown había obtenido una fama espectacular con sus romances radcliffianos, y el tratamiento ligero de Washington Irving de los motivos sobrenaturales se había convertido rápidamente en un clásico. Este fondo adicional procedía, tal como ha señalado Paul Elmer More, de los profundos intereses espirituales y teológicos de los primeros colonizadores, además de la extraña e inhóspita naturaleza del entorno en el que se vieron zambullidos. Los vastos y lúgubres bosques en cuyas penumbras eternas bien podían merodear todos los horrores; las hordas de indios cobrizos cuyos peculiares y saturninos rostros y violentas costumbres sugerían intensamente trazas de origen infernal; la carta blanca otorgada que alimentó la influencia de la teocracia puritana a toda suerte de nociones relativas a la relación del hombre con el severo y vengativo Dios de los calvinistas y con el sulfúrico adversario de ese Dios, sobre el cual tanto se bramaba en los púlpitos cada domingo; la malsana introspección desarrollada por la vida en remotas regiones, exenta de las distracciones normales y de los estados anímicos recreativos, perseguidos por los mandatos para la autoexaminación teológica y en sintonía con una antinatural represión emocional, que conformaban en conjunto una mera y cruda lucha por la supervivencia. Todas estas cosas conspiraron para crear un entorno en el que los negros susurros de siniestras ancianas se escuchaban mucho más allá del rincón de la chimenea, y en el cual las historias de brujería e increíbles monstruosidades secretas perduraron mucho después de los espantosos días de la pesadilla de Salem.
