El terror en la literatura

El terror en la literatura

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Muy auténtica, aunque no exenta de la típica extravagancia amanerada de la década de los noventa del siglo XVIII, es la corriente de terror presente en la obra temprana de Robert W. Chambers, desde entonces conocido por obras de muy dispares calidades. El rey amarillo, una serie de relatos cortos vagamente conectados que tienen como trasfondo un monstruoso y censurado libro cuya lectura provoca temor, locura y espectral tragedia. La obra realmente alcanza notables alturas de terror cósmico a pesar del desigual interés y del digamos trivial y afectado cultivo de la atmósfera a la manera gala que se puso de moda a causa de la obra Trilby de Du Maurier. El más poderoso de los relatos quizá es «El signo amarillo», en el cual se presenta a un silencioso y terrorífico vigilante de cementerio con un rostro como un turgente gusano de tumba. Un muchacho, al describir el enfrentamiento que tuvo con esta criatura, se estremece y marea al contar cierto detalle: «Bien, tan verdad como que hay Dios, señor, lo golpeé y él me agarró de las muñecas, y cuando le retorcí uno de los puños blandos y pulposos, me quedé con uno de sus dedos en la mano». Un artista, quien después de haberlo visto, le cuenta a otro hombre un extraño sueño de un coche fúnebre nocturno, se queda en estado de shock por la voz con la que el vigilante se dirige a él. El tipo emite un sonido amortiguado que llena la cabeza como «el denso humo aceitoso de una cuba donde se cuece grasa o la nociva fetidez de la podredumbre». Lo único que farfulla es esto: «¿Has encontrado el signo amarillo?».


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