El terror en la literatura

El terror en la literatura

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Un extraño talismán de ónix grabado con jeroglíficos, recogido en la calle por el hombre al que le cuenta el sueño, se le entrega durante un breve momento al artista, y tras tropezar de un extraño modo con el infernal y prohibido libro de los horrores, los dos descubren, entre otras cosas espeluznantes, lo que ningún mortal sano debería saber: que ese talismán es, de hecho, el innombrable signo amarillo legado por el maldito culto de Hastur, de la primitiva Carcosa, de la que habla el volumen y algunos recuerdos de pesadilla que buscan permanecer latentes y ominosos en el fondo de las mentes de todos los hombres. Poco después oyen el traqueteo de un coche fúnebre decorado con plumas negras conducido por el fofo vigilante de rostro de cadáver. Él entra en la casa cubierta por el manto de la noche en busca del signo amarillo, haciendo que todas las cerraduras y barrotes se pudran al tocarlos. Y cuando la gente se apresura a entrar, atraída por un grito que ninguna garganta humana podría emitir, hallan tres siluetas en el suelo: dos muertas y una agonizando. Uno de los muertos está descompuesto hace tiempo. Es el vigilante del cementerio, y el médico exclama: «¡Este hombre debe de haber muerto hace meses!». Merece la pena apuntar que el autor toma la mayoría de los nombres y alusiones de su territorio sobrenatural procedente del recuerdo originario de las historias de Ambrose Bierce. Otras de las obras tempranas del señor Chambers que hacen gala del elemento estrafalario y macabro son «El hacedor de lunas» y «In Search of the Unknown». Es inevitable lamentarse porque no cultivara más un género en que podría haberse convertido con facilidad en un reconocido maestro.


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