En las montañas de la locura
En las montañas de la locura La tensa expectación que experimentamos cuando nos disponíamos a rodear la cima y asomarnos a un mundo jamás hotlado, apenas cabe describirse por escrito, aunque io teníamos motivo alguno para pensar que las tierras que se extendian al otro lado de las montañas fueran esencialmente distintas de aquellas q* ya habíamos visto y atravesado. El aire de maligno misterio de aquella barrera montañosa, y del incitante mar de cielo opalescente fugazmente entrevisto entre las cumbres, era algo tan tenue y sutil que no cabe explicarlo con palabras. Se trataba más bien de una cuestión de difuso simbolismo psicológico y de asociaciones estéticas, un algo antes mezclado con pinturas y poemas exóticos y con mitos arcaicos que acechaban en libros rehuidos y prohibidos. Incluso la fuerza del viento conllevaba una extraña tensión de malignidad consciente; y durante un segundo pareció que en su sonido compuesto había un extravagante silbo musical o fino tono de gaita que se extendiera a lo largo de las notas de una amplia escala cuando el poderoso hálito del viento entraba en ‘las omnipresentes bocas de las cuevas para luego salir de ellas con ímpetu sonoro. Había en estos sonidos una nota vaga que repelía, tan compleja e imposible de identificar como cualquiera de las otras oscuras impresiones del día.