En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Mientras bajábamos cautelosamente la pendiente de nieve encostrada hacia el asombroso laberinto de piedra que se alzaba amenazador contra el fondo de un Oeste opalescente, tuvimos una sensación casi tan aguda de estar a punto de experimentar maravillas como cuando, cuatro horas antes, nos habíamos aproximado al insondable paso de la cordillera. Es cierto que nuestros ojos se habían familiarizado con el increíble secreto oculto por la barrera de cumbres, y, sin embargo, la perspectiva de adentramos entre paredes primordiales alzadas por seres conscientes hacía tal vez millones de años -antes que pudiera haber existido ninguna raza humana conocida- no resultaba menos amedrentadora y posiblemente terrible por lo que suponía de anormalidad cósmica. Aunque la finura del aire a aquella prodigiosa altura hacía los esfuerzos más difíciles de lo corriente, tanto Danforth como yo vimos que lo soportábamos muy bien, y nos sentimos capaces de casi cualquier tarea que pudiera caemos en suerte. Solamente tuvimos que dar algunos pasos para llegar hasta unas ruinas informes que la erosión había dejado al ras del suelo, mientras que unas diez o quince varas más allá se alzaba un enorme bastión descubierto que todavía mostraba su gigantesca estructura de cinco puntas alcanzando una altura irregular de diez u once pies. Nos dirigimos hacia él, y cuando al fin pudimos llegar a tocar sus ciclópeos bloques tuvimos la sensación de haber establecido un eslabón sin precedentes, casi blasfemo, con olvidados eones normalmente arcanos para nuestra especie.