En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Cuando por fin entramos en la ciudad, trepando por encima de montones de escombros y cohibidos por la opresiva proximidad y la imponente altura de los omnipresentes muros medio desmoronados y llenos de hoyos, volvieron nuestras sensaciones a ser de tal naturaleza que me maravilla el hecho de que conserváramos tal dominio de nosotros mismos. Danforth se mostraba francamente nervioso y comenzó a hacer conjeturas desagradablemente improcedentes acerca del horror del campamento, conjeturas que me afectaron tanto más porque no podía evitar el compartir con él ciertas conclusiones que nos obligaban a aceptar muchas de las características de aquella morbosa supervivencia de una antigüedad de pesadilla. Sus meditaciones influyeron también sobre su imaginación, pues al llegar a cierto lugar en que el pasadizo colmado de escombros cambiaba bruscamente de dirección se empeñó en decir que percibía en el suelo marcas borrosas que no eran de su gusto, mientras que en otros se detenía para escuchar imaginados sones que decía percibir procedentes de un punto indefinido -algo como el musical gemido de un caramillo, que recordaba en cierto modo el sonido del viento en las cuevas de las montañas y que, sin embargo, era inquietantemente distinto-. La constante presencia de aquella arquitectura en forma de estrella de cinco puntas y de los pocos arabescos mural que podían distinguirse, encerraban sugerencias oscuramente siniestras a las que no podíamos sustraernos, y que provocaban en nosotros una terrible certidumbre subconsciente acerca de los entes primitivos que habían crecido y habitado en aquel impío lugar.


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