En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Los prismáticos nos permitieron ver que abundaban las franjas horizontales de esculturas y grupos de puntos, todas ya casi borradas, y casi pudimos imaginar el aspecto que la ciudad debió de tener en su día, aunque la mayor parte de los tejados habían desaparecido y las partes superiores de las torres habían perecido inevitablemente. En conjunto, había sido un complejo revoltijo de tortuosas callejas y pasadizos, todos ellos a modo de profundos desfiladeros y algunos poco mejor que túneles, dada la gran altura de los edificios y los arcos de los puentes que pasaban sobre ellos. Extendida a nuestros pies se destacaba a la sazón, como la fantasía de un sueño, contra la neblina del Oeste, a través de cuyo extremo septentrional trataba de brillar el bajo sol rojizo de primera hora de la tarde; y cuando por un momento el sol encontró un impedimento más denso y la escena se ensombreció temporalmente, el efecto encerró una sutil amenaza que jamás podré definir. Incluso los débiles aullidos y silbidos del viento que no sentíamos, pero que soplaba en los desfiladeros que que. daban a nuestra espalda, adquirían un tono más salvaje de intencionada maldad. La última etapa de nuestro descenso a la ciudad resultó desacostumbradamente abrupta y empinada, y un saliente de piedra situado en el lugar en que variaba la inclinación de la pendiente nos hizo pensar que allí debió haber en otros tiempos una terraza artificial. Supusimos que bajo la capa de hielo debía haber un tramo de escalones o algo semejante.


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