En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Incluso las fotografías solamente ilustran uno o dos aspectos de su infinita variedad, de su solidez preternatural y de su exotismo totalmente foráneo. Había formas geométricas que Euclides difícilmente habría podido definir: conos con toda clase de irregularidades y truncamientos, configuraciones escalonadas con todo tipo de sugerentes desproporciones, respiraderos con extraños ensanchamientos de bulbo, columnas quebradas en curiosos agrupamientos y construcciones de cinco puntas o cinco lomos de grotesca demencia. Conforme nos acercamos pudimos ver lo que había bajo ciertas partes transparentes de la, capa de hielo y percibir algunos de los puentes tubulares de piedra que unían los edificios esparcidos, sin orden ni concierto, a varias alturas. Calles ordenadas no había, al parecer, ninguna, y la única franja anchurosa y despejada se hallaba a la izquierda, a una milla de distancia, en el lugar por donde debió discurrir el antiguo río que atravesó la ciudad para ir después a hundirse en las montañas.