En las montañas de la locura
En las montañas de la locura La tracería de arabescos consistía totalmente en líneas hundidas, cuya profundidad en los muros no erosionados era de entre una y dos pulgadas. Cuando aparecía algún medallón con grupos de puntos en él -evidentemente inscripciones en algún idioma y alfabetos primitivos e ignotos-, el rebajamiento de la superficie lisa sería tal vez de una pulgada y media, y la de los puntos quizá media pulgada más. Las franjas de bajorrelieves eran de técnica de embutido, y el fondo estaba rebajado como dos pulgadas en relación con la superficie original del muro. En algunos casos se podían percibir ligeros vestigios de color, pero los incontables eones transcurridos habían desintegrado y hecho desaparecer de forma casi uniforme cualquier pigmento que sobre ellos se hubiera podido aplicar. Cuanto más estudiábamos aquella maravillosa técnica, más admirábamos la obra. Bajo el riguroso convencionalismo se percibía la minuciosa y exacta observación y la habilidad pictórica de los artistas; y, de hecho, esas mismas convenciones servían para simbolizar y acentuar la verdadera esencia, o vital diferenciación de todos los objetos representados. Presentimos también que más allá de esas evidentes excelencias existían otras ocultas que escapaban a nuestra percepción. Algunos rasgos aquí y allá insinuaban vagamente símbolos latentes y estímulos que una capacidad mental ‘y emotiva diferente, y un equipo sensorial más completo que el nuestro podía haber dotado de un significado más profundo y conmovedor.