En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Con la ayuda de los shogoths, cuyas prolongaciones podían levantar pesos prodigiosos, las pequeñas ciudades submarinas crecieron hasta transformarse en imponentes laberintos de piedra no muy diferentes de los que luego se alzarían en tierra. De hecho, los Primordiales, adaptables en extremo, habían vivido durante largo tiempo en la superficie en otras partes del universo y probablemente conservaban muchas de las tradiciones de la edificación terrestre. Mientras estudiábamos la arquitectura de estas ciudades paleontológicas esculpidas en relieves, induso aquella cuyos pasadizos muertos en remotísimas eras recorríamos ahora, nos impresionó una curiosa coincidencia que todavía no hemos tratado de explicarnos ni a nosotros mismos. Los remates de los edificios, que en la ciudad real que nos rodeaba habían sufrido en lejanas eras las inclemencias del tiempo hasta quedar convertidos en ruinas informes, aparecían claramente representados en los bajorrelieves formando racimos de agudos chapiteles, de delicados pináculos que acababan en forma cónica o piramidal, y ringleras de finos discos en forma de festones horizontales que coronaban respiraderos verticales. Esto era exactamente lo que habíamos’ visto en aquel espejismo descomunal y portentoso, proyectado por una ciudad extinta carente de tales siluetas desde hacía millares y decenas de millares de años y que sorprendió nuestros ojos ignorantes al surgir en las alturas contra el fondo inescrutable de las montañas cuando nos acercábamos por primera vez al campamento devastado del desgraciado Lake.