En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Este río, en un tiempo cruzado por docenas de nobles puentes pétreos, era evidentemente aquél cuyo seco cauce habíamos visto en el curso de nuestra exploración aérea Su situación en los diferentes bajorrelieves nos ayudó a orientarnos para imaginar la ciudad tal como había existido en las diversas etapas de la historia de aquella región milenaria muerta durante muchos eones, con lo que pudimos trazar un apresurado pero minucioso plano de sus puntos más destacados -plazas, edificios principales y cosas semejantes- que nos sirviera para guiamos en ulteriores exploraciones. Pronto pudimos reconstruir imaginariamente la totalidad del asombroso conjunto tal como existió hacia un millón, o diez millones, o cincuenta millones de años, pues las tallas nos decían qué aspecto habían presentado exactamente los edificios, las montañas y las plazas, los suburbios y los paisajes, así como la fértil vegetación de la Era Terciaria. Aquellos parajes debieron ser de mística y embrujadora belleza, y mientras pensaba en ello casi llegué a olvidar la desabrida sensación de siniestra congoja con que la antigüedad y el volumen, la ausencia de vida y la lejanía del lugar, unidos al constante crepúsculo glacial, habían ahogado y conturbado mi espíritu. Mas a juzgar por ciertas tallas, los mismos habitantes de aquella ciudad habían experimentado un terror insoportable, pues mostraban los bajorrelieves un tipo de escenas repetidas y sombrías en las que se ‘veía a los Primordiales en el momento de apartarse temerosamente de algún objeto -que nunca aparecía en la estampa esculpida- encontrado en el gran río y que había llegado arrastrado por las aguas a través de ondulados bosques poblados de plantas trepadoras desde las horrendas montañas que se alzaban al Oeste.