En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Llego ahora nuevamente a un punto en el que la’ tentación de vacilar, o de insinuar más que relatar, es muy fuerte. Mas es necesario revelar todo lo demás con el fin de desalentar otras exploraciones. Tras haber cruzado un puente a la altura del segundo piso hasta lo que parecía ser claramente el extremo de un muro en punta, y tras haber bajado a un pasadizo singularmente rico en tallas de estilo tardío, de gran elaboración decadente y al parecer rituales, habíamos llegado muy cerca del lugar donde calculábamos se hallaría la boca del túnel, cuando, poco antes de las 8,30 de la noche, el olfato joven de Danforth nos proporcionó el primer indicio de algo insólito. Si hubiésemos llevado un perro, supongo que habríamos reparado en ello antes. Al principio no pudimos decir exactamente qué fue lo que vició el aire, hasta entonces de cristalina pureza, pero al cabo de unos segundos nuestra memoria nos habló con absoluta claridad. Trataré de decirlo sin titubear. Se percibía un olor, y ese olor era vago, sutil e inequívocamente semejante al que tanta repugnancia nos causara al abrir la demente tumba de aquel horror que el desgraciado Lake había diseccionado.




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