En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Los ojos de Danforth, y no solamente su olfato, resultaran ser mejores que los míos, pues fue él también quien primero percibió la extraña disposición de los escombros después que hubimos pasado bajo gran número de arcos medio obstruidos que conducían a cámaras y corredores a nivel del suelo. No presentaban el aspecto que era de esperar tras miles de años de abandono, y cuando hicimos lucir la linterna con mayor potencia vimos que se había barrido una especie de franja a través de los escombros no hacia mucho tiempo. La irregular naturaleza de los mismos impedía que hubieran quedado marcas definidas, pero en los lugares más despejados algo daba la impresión de que se habían arrastrado por allí objetos de peso considerable. Hubo un momento en que creímos ver huellas de algo paralelo, como los patines de un trineo. Y eso fue lo que nos hizo detenernos nuevamente.

Fue durante esa pausa cuando percibimos, esta vez los dos al mismo tiempo, el otro olor que llegaba desde un lugar algo más lejano. Paradójicamente se trataba de un olor menos atemorizador y a la vez más alarmante, a decir verdad menos atemorizador en sí, pero infinitamente más alarmante tratándose de aquel lugar y de aquellas circunstancias, a no ser, naturalmente, que Gedney… Pues el olor era de gasolina común y corriente, gasolina de uso cotidiano.


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