En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Lo que nos motivó a seguir después de esto es algo que dejaré que decidan los psicólogos. Ahora sabÃamos que una terrible prolongación de los horrores del campamento se habÃa arrastrado hasta este tenebroso cementerio de eones y, por tanto, ya no podÃamos dudar de la existencia de condiciones sin nombre, actuales o al menos recientes, a poca distancia de allÃ. No obstante, terminamos por dejar que la ardiente curiosidad, o la angustia, o la autosugestión, o vagos pensamientos acerca de nuestro deber para con Gedney, o lo que fuera, nos impulsara a seguir adelante. Danforth volvió a susurrar algo acerca de la huella que habÃa creÃdo ver en un recodo del corredor de las ruinas superiores y los débiles silbos musicales, posiblemente de tremendo significado a la luz de lo que Lake dijo acerca de sus disecciones, a pesar de su gran parecido con el eco de las bocas de las cuevas en los picos batidos por los vientos que creÃa haber oÃdo poco después procedentes de desconocidas profundidades. A mi vez, susurré algo acerca del estado en que habÃa quedado el campamento, de las cosas que habÃan desaparecido y de cómo la locura de un único superviviente habÃa podido concebir lo inconcebible: una excursión demencial a través de las colosales montañas y un descenso a los desconocidos edificios de milenaria construcción.