En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Los informes radiotelegráficos hablaron del impresionante vuelo de cuatro horas sin escala que efectuó nuestra flotilla el 21 de noviembre por encima del elevado banco de hielo, con enormes picos alzándose al Oeste mientras ‘los silencios insondables nos devolvían el eco del sonido de nuestros motores. El viento nos molestaron sólo moderadamente y las brújulas radiogonométricas nos ayudaron a atravesar la poca niebla opaca que encontramos. Cuando las imponentes alturas se alzaron ante nosotros, entre 83 y 84 grados de latitud, supimos que habíamos llegado al glaciar Beardmore, el mayor del mundo entre los situados en un valle, y que el mar helado daba ahora paso a una costa adusta y montañosa. Al fin entrábamos en el mundo blanco de los confines meridionales, muerto durante incontables eones. Al mismo tiempo, vimos a lo lejos, hacia el Este, la cumbre del monte Nansen que se elevaba hasta una altura cercana a los quince mil pies La instalación de la base sur. sobre el glaciar, a 860 7´ de latitud y 174º 23’ de longitud este, llevada a cabo con toda felicidad, y los rápidos taladros y minados efectuados en varios puntos durante nuestras excursiones en trineo y breves vuelos en aeroplano, ya han pasado a la historia, así como el duro y feliz ascenso al monte Nansen que llevaron a cabo Pabodie y dos de los estudiantes graduados -Gedney y Carroll- del 13 al 15 de diciembre. Nos hallábamos a unos ocho mil quinientos pies sobre el nivel del mar, y cuando! las perforaciones experimentales revelaron, en ciertos lugares la existencia de tierra firme a una profundidad de sólo doce pies por debajo del hielo y de la nieve, empleamos a menudo el pequeño aparato de fusión taladrando y dinamitando en muchos lugares donde ningún explorador había pensado siquiera en recoger muestras de minerales. Los granitos precámbricos y los ejemplares de arenisca así conseguidos, nos afirmaron en la creencia de que la meseta formaba una base homogénea con la mayor parte del continente que quedaba al oeste, pero era algo distinta de las zonas que quedaban al este, por debajo de la América del Sur, zonas que entonces creíamos que constituían un continente aparte y más pequeño separado del mayor por la unión de los dos mares helados de Ross y Weddell, aunque Byrd ha demostrado posteriormente lo erróneo de tal hipótesis.