En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Y, sin embargo, cuando al fin nos aventuramos a entrar por aquel negro arco, nuestra primera impresión fue de profunda decepción. Pues en medio del espacio lleno de escombros y del desorden de aquella cripta tallada en la roca, un perfecto cubo de lados de unos veinte pies de longitud, no había ningún objeto de factura reciente ni tamaño discernible, por lo que buscamos instintivamente, aunque en vano, alguna otra puerta. Pero la aguda vista de Danforth, al cabo de un momento, localizó el lugar en que se habían removido recientemente los escombros que cubrían el suelo, y hacía allí dirigimos toda la luz de las dos linternas. Aunque lo que vimos a esa luz fue realmente sencillo y baladí, vacilo en decir lo que era por lo que significaba. Se trataba de un sencillo allanamiento del montón de escombros, encima del cual había desperdigados al azar varios objetos de pequeño tamaño, y en una de cuyas esquinas se había vertido una cantidad considerable de gasolina, pues aquel fuerte olor impregnaba todo el ambiente, a pesar de la gran altura de la supermeseta. Dicho de otro modo, aquello no podía ser sino una especie de campamento, un campamento dispuesto por seres que, como nosotros, buscaban algo y que, como nosotros, se habían visto detenidos por la inesperada obstrucción del camino que llevaba al abismo.