En las montañas de la locura
En las montañas de la locura excitación decayó bruscamente cuando aquel bulto blanco pasó con su andar patoso bajo un arco lateral que quedaba a nuestra izquierda para reunirse con los dos congéneres que le habían llamado con sus voces roncas. Pues no era sino un pingüino, aunque gigante, de una especie desconocida mayor que la de los pingüinos conocidos y monstruoso por la combinación de su albinismo con la casi total carencia de ojos.
Cuando pasamos en pos del ave por debajo del arco encendimos las dos linternas, y dejamos caer su luz sobre el grupo de los tres indiferentes y distraídos pingüinos; vimos que todos ellos eran albinos y carecían de ojos, y que los otros dos eran de la misma especie desconocida y gigantesca del primero. Por su tamaño nos recordaron algunos de los pingüinos arcaicos de las tallas de los Primordiales, y no tardamos en deducir que descendían de antepasados comunes y que éstos habían sobrevivido por haberse refugiado en algunas regiones más templadas, cuya perpetua oscuridad había destruido su pigmentación y atrofiado los ojos hasta transformarlos en inútiles rendijas. No había duda alguna de que habitaban ahora en el profundo abismo que estábamos buscando, y esta prueba de la perdurable templanza y habitabilidad del mar interior nos llenó la cabeza de fantasías en extremo curiosas y perturbadoras.