En las montañas de la locura
En las montañas de la locura También nos preguntamos qué había podido impulsar a estas tres aves a aventurarse lejos de sus acostumbrados dominios. El estado y el silencio de la gran ciudad muerta demostraba que no había sido nunca criadero natural de aves, mientras que la dara indiferencia del trío respecto a nuestra presencia hacía que resultara raro que el paso de un grupo distinto los hubiera alarmado. ¿Era posible que aquellos «otros» se hubieran mostrado agresivos o hubieran tratado de aumentar sus provisiones de carne? Dudábamos de que aquel penetrante olor que tanto aborrecían los perros pudiese resultar igualmente antipático para los pingüinos, pues sus antepasados habían mantenido apaciblemente con los Primordiales unas relaciones amistosas que tenían que haber perdurado a orillas del abismo en tanto que sobrevivieran algunos de los Primordiales.
Llevados por un nuevo despertar del espíritu científico, lamentamos no poder fotografiar aquellas anómalas criaturas, y seguimos el camino hacia el mar subterráneo, un camino que ahora sabíamos sin ningún género de dudas que se encontraba abierto y libre de obstáculos, y cuya dirección exacta nos manifestaban claramente las huellas de los pingüinos que encontrábamos a nuestro paso.