En las montañas de la locura
En las montañas de la locura En este gran hemisferio, cuya techumbre cóncava estaba impresionantemente tallada, aunque en estilo decadente, representando una primigenia bóveda celeste, se contoneaban unos cuantos pingüinos albinos, extraños en aquel lugar, pero indiferentes y ciegos. El negro túnel mostraba sus fauces y se alejaba indefinidamente en pendiente cuesta abajo, con la boca adornada por jambas y dintel grotescamente tallados a cincel. Desde aquella críptica embocadura imaginamos que soplaba un aura ligeramente más templada y tal vez emanaba un sospechoso vapor, y nos preguntamos qué seres vivos, aparte de los pingüinos, podían ocultar el insondable abismo de allá abajo y los infinitos huecos del panal de la superficie y de las titánicas montañas. Nos preguntamos también si los indicios de humo que el desgraciado Lake creyó ver en una montaña, y también la extraña neblina que nosotros mismos habíamos visto en torno al pico coronado por un bastión, pudieran tener por causa la ascensión por tortuosos cauces de vapores procedentes de las regiones insondables del centro de la tierra.